Rocío

"¡Rápido, trae la red!", Ana pudo oír una voz exigir a lo lejos.

"¿Están seguros de esto?", cuestionó otra voz.

"Hay que aprovechar que el Amo Fang lo tiene distraído".

"Va a dar igual ¿No vieron como dejó a esos guardias? ¡A nosotros nos hará papilla!".

"Seguro es capaz de acabar con todo el asentamiento él solo. Más bien deberíamos ayudarle...".

"¿Ayudarle a qué? ¿A acabar con lo único que nos queda y que muramos en el desierto?".

"¿Y qué nos queda? ¡Somos esclavos! ¿De verdad vamos a ayudar a nuestro esclavista?".

"¡Yo no pienso morir de sed y de hambre asado por el sol! ¡Si tu quieres hacerlo, ve y ayuda a ese equidna si quieres!".

"Vengo en un momento", La liebre avisó a la búfalo mientras se levantaba y encaminaba al origen de aquellas voces.

"No te metas en más problemas", se limitó a advertir Genara sin apartar la mirada de Sticks.

Tras las barracas cercana, Ana pudo observar a un puñado de trabajadores discutiendo, entre sus manos llevaban una de las redes que utilizaban para asegurar los tesoros grandes que traían al asentamiento. Estaban visiblemente asustados, algunos temblando, otros moviéndose de forma errática debido a la ansiedad. Jaloneaban la red de acá para allá, unos queriendo avanzar, otros retroceder. Más allá de ellos se llevaba a cabo la refriega, el equidna Knuckles arrasaba con sus puños de fuego con todos los soldados que se le enfrentaban mientras Fang en su Mecha atacaba desde la distancia. La situación era incierta.

"¿Qué están haciendo?", preguntó Ana a los obreros mientras se les acercaba.

"¡Ana, qué bueno que estas aquí! Por favor, ayúdanos a convencer a estos idiotas que tenemos que detener a ese equidna", pidió el trabajador al mando de los que querían detener a Knuckles.

"¿Qué? ¡No! ¡El vino a salvarnos!"

"¡Esa «cosa» no va a salvar a nadie! ¡Si acaba con el asentamiento, todos moriremos!"

"¿Tanto miedo le tienes al desierto que prefieres vivir como esclavo?", interrogó uno de los trabajadores.

"¡Tu no sabes nada del desierto, ninguno de ustedes!", el obrero explotó en colera y pánico, temblando, como si sus emociones fuesen demasiadas para su propio cuerpo. "¿Alguna vez has tenido que viajar semanas sin ver nada al horizonte más que arena? ¿Alguna vez has tenido que decidir si tomar agua o remojar tu bolsa de dormir para no despertar con la piel agrietada por la sequedad? ¿Has sentido la decepción al descubrir que el agua que veías a lo lejos no era más que un espejismo? ¿O has tenido tanta hambre que te has visto obligado a comer el cuero de tus zapatos para poder tener algo en el estomago? ¡Por su puesto que no! ¡De lo contrario, me estarían ayudando en lugar de ser un estorbo! ¡Apártense!".

El obrero jaló con todas sus fuerzas la red, llevándose consigo a varios de los otros trabajadores que cayeron de bruces. Antes de que pudiera avanzar más fue nuevamente detenido. Ana se encontraba del otro extremo de la red haciendo lo que podía para evitar que avanzara.

"¡Ya suéltalo, niña!".

"¡Nunca!".

"¿De verdad vas a despreciar la amabilidad que el Amo Fang tuvo contigo?".

Ana se planto en el sitio, pisando con firmeza y enredando la red en uno de sus brazos mientras se arrancaba una de las mangas de su vestido, mostrando a plena luz del día sus numerosos moratones y cicatrices.

"¡¿Es esto «Amabilidad» para ti?!"

Por unos escasos segundo el obrero se quedó paralizado, pero tras agitar la cabeza dio un último jalón más con el cual logró tumbar a Ana y que soltara la red. La liebre se arrastró por el suelo intentando volver a agarrarla, pero ya era muy tarde.

El obrero se aproximó corriendo hacia Knuckles y en un movimiento lanzó la red sobre él. La sorpresa rompió la concentración del equidna, que fue rápidamente rodeado e inmovilizado, los soldados y el obrero sosteniendo en el piso cada extremo de la red.

"¡Estas acabado, Bestia!", expresó triunfante el obrero.

Knuckles solo le limitó a mirarle, no con rabia... sino con asco.

[Ahora ya no te sientes tan fuerte ¿Eh, basura roja?], gritaba Fang por los altavoces del asentamiento.

El Mecha de Fang se acercó a donde Knuckles yacía atrapado y con una mano lo recogió. Los soldados ya se habían apartado para no terminar aplastados, pero el obrero no corrió con tanta suerte. Mientras Knuckles, aprisionado por la mano de la máquina, era elevado, el desgraciado obrero colgaba precariamente de la red con el tobillo enredado.

"¡Amo Fang, Señor! ¡Ayúdeme, por favor!", suplicaba el obrero deslizándose de la red.

[¿Qué dem...? ¡Largo de aquí, alimaña! ¡Arruinas mi momento!], gritó Fang antes de sacudir la mano del Mecha y hacer que el obrero cayera al vacío.

La altura era suficiente como para acabar con cualquiera. El obrero fue descendiendo rápidamente, agitando manos y pies como queriendo invocar del aire algo, lo que sea, que pudiese salvarle. Pero nada salía.

Sin embargo, en el suelo, Ana junto a puñado de otros trabajadores se posicionaron en el punto exacto en donde iba a caer y pudieron amortiguar el impacto. Aun incrédulo de lo que había sucedido, aquel obrero miró sus alrededores y a si mismo, cerciorándose de que en efecto seguía vivo. Quería explotar de alegría, agradecer a sus salvadores, pero todos se habían apartado de él sin mediar siquiera una mirada. Lo habían dejado solo.

[¡Vengan todos, esto hay que celebrarlo!], instó Fang desde los altavoces.

Todos los trabajadores y soldados del asentamiento se fueron concentrando al rededor del Mecha. Incluso un cansado Bark, que llevaba en brazos a un durmiente Bean, se presentó. Knuckles se encontraba luchando contra la sujeción de la enorme máquina, pero era inútil, no tenia el suficiente espacio como para actuar.

[¡He aquí a la Gran y malvada «Bestia Roja»! ¡Ex guardian fracasado de la extinta Esmeralda Maestra y la hecha añicos Angel Island! ¡Uno de los estúpidos amigos del fallecido Sonic The Hedgehog y el último que sigue vivo! ¡Véanlo aquí! ¡Solo, miserable y patético, en la palma de mi mano!], la sujeción de la máquina fue aumentando. [Vean como exprimo la vida del Último de los Equidnas].

Un pesado silencio se posó sobre el asentamiento, únicamente el sonido de la máquina apretando al equidna era audible. Knuckles no gritó, apretaba los dientes y luchaba con todas sus fuerzas contra la presión, no le permitiría a Fang el deleite de oírle gritar por su vida. Pero estaba aterrado, tenia más miedo de lo que nunca había sentido en toda su vida. Su mente era un revoltijo de sensaciones y emociones, rabia, miedo, tristeza, asco... Pero lo que más le pesaba era la Esperanza.

Un conflicto interno predominaba, la realidad de su inminente fin y la esperanza de que, de algún modo, en algún momento, todo se revertiría a su favor. Ya había pasado antes, había visto el fin del mundo ser cancelado infinidad de veces ¿Por qué tendría que ser distinto esta vez...? Solo que aquellas veces Sonic estaba presente. ¿Acaso el erizo aparecería de entre los muertos para salvarle el trasero... otra vez?. Se sentía estúpido al pensar en ello, no había nada que le pudiera salvar, podía sentir como el último gramo de oxigeno abandonaba sus pulmones... pero aun así se dio el lujo de sonreír, recordando...

[¿De qué demonios te ríes-?], Fang fue interrumpido por un fuerte sonido metálico.

Una piedra había impactado contra el pie de la máquina. A escasos metros, Ana se hallaba exhausta por el esfuerzo que supuso lanzar la gran piedra. Todo los demás trabajadores la veían con asombro, los soldados y guardias con pena.

[¿Qué rayos piensas que estas haciendo, niña?]

"E... Estoy...", a la pobre liebre le costaba horrores recuperar el aliento. "¡Estoy harta! ¡Harta de este lugar, harta de ti!. ¡Estoy harta de fingir que no me siento miserable todos los dias! ¡Harta de despertar cada mañana con todo el cuerpo doliéndome! ¡De estar sedienta y hambrienta todo el tiempo! ¡De fingir que no me muero del asco cada vez que osas tocarme! Yo...", Ana tragó saliva y lleno por completo su pulmones. "¡Yo prefiero mil veces morir en el desierto y volverme polvo antes que pasar un segundo más contigo!".

[¡¡Pues que así sea!!], el enorme Mecha levantó su pie con intenciones de aplastar a la liebre.

Era difícil saberlo, si era miedo o quizá otra cosa, pero Ana no logró moverse. Veía en cámara lenta como el pie de la máquina se aproximaba a ella, lo veía con intriga, quizá con algo de ansia. Su declaración era legitima, ya sea la salvación o la muerte, siempre y cuando no tuviera que volver a despertar en ese infierno, lejos de su hermano, le parecía bien.

Solo logró reaccionar cuando vio al gran Oso Bark interponerse entre ella y el pie de la maquina.

[¡¿Qué diantres estas haciendo grandulón?!]

Antes de que Fang pudiera reaccionar, un grupo compañeras de Ana llevando varias redes en mano se abalanzaron contra los soldados y los capturaron. Los obreros entonces les arrebataron los Wispon y con ellos empezaron a atacar a la máquina. El obrero traidor y un par más de compañeros fueron y sacaron a Ana de debajo del pie de la máquina, permitiéndole a Bark al fin abandonar su posición. Los obreros se dividieron en grupos, mientras unos asaltaban las zonas de almacenamiento para liberar a los Wisp cautivos, otros atacaban las torres de vigilancia y, con ayuda de los Wispon y su superioridad numérica, expulsaron a los soldados apiñados en su interior y tomaron el control de los cañones. Uno de los cañones empezó a apuntar en dirección al Mecha y abrió fuego. Fang fue lo bastante rápido como para parar la bala de cañón en el aire, pero en el acto liberó a Knuckles de su sujeción.

[¡¿Se han vuelto todos locos?! ¡Cuando termine con ustedes no quedara nada-!]. el fuerte sonido de una carcajada llamó la atención de la comadreja. Pudo notar como el equidna se encontraba parado sobre el brazo del robot, muerto de la risa.

"¡Seré franco contigo, Fang...!", decía Knuckles entre risas. "¡Estuviste a nada de convertirme en puré de equidna, te concedo eso! ¡Estabas tan cerca!", de pronto su expresión jovial cambio a una de rabia. "Pero esa oportunidad se esfumó. ¡En Guardia!".

Los puños de Knuckles se encendieron en llamas, esta vez más grandes que nunca. Las cadenas fueron liberadas y estas rodearon el brazo del robot. Fang intentó aplastar a Knuckles como si fuese una mosca, pero el equidna se columpio con sus cadenas y saltó al hombro del Mecha. Jalando con toda su fuerza, llevó el brazo del robot más allá de lo que le permitían sus articulaciones y lo dislocó por completo. Luego saltó y con otra columpiada rodeo el brazo colgante e, imbuyendo con aun más fuego las cadenas y jalando con fuerza, lo cortó limpiamente. Luego, con un movimiento giratorio levantó el puño cercenado de la máquina y con él golpeó la cabina de control en la cabeza. Lo siguiente que hizo el equidna fue saltar al torso de la máquina, clavar sus puños al chasis y trepar por su espalda hasta llegar a la cabina. Alzó sus puños con intención de aplastarla, pero la otra mano del robot venia para aplastarlo. Knuckles la desvió con un movimiento de látigo de sus cadenas, clavó sus puños al pecho del robot y se deslizó hasta el centro del mismo y esperó. La mano reiniciaba su plan de aplastarlo pero con un puño. Knuckles no hizo más que apartarse a un lado y dejar que impactase con toda su fuerza contra en centro del torso. Luego atrapó la mano con sus puños de fuego y jaló con fuerza para que volviera a impactar en el mismo punto un par de veces más. Grandes trozos de metal caían hechos trizas mientras las entrañas de la máquina se revelaban, y con ellas, un peculiar brillo verde. Knuckles volvió a columpiarse para rodear la mano del robot con sus cadenas y cortarla. Luego saltó de regreso al pecho de la máquina y empezó a lanzar puñetazos contra el origen de aquel brillo verde. Arrancaba pedazos gigantes de metal y cables, liquido refrigerante y aceite chorreaban por todos lados, bañando al enajenado equidna mientras seguía cavando. Al final pudo llegar al núcleo de la máquina y pudo verlo, un fragmento de la Esmeralda Maestra.

Por unos segundo Knuckles se quedó embelesado observando el sutil pero notable brillo de la piedra. Cuando posó su mano sobre ella supo que se encontraba con muy poca energía. Lleno de rabia, Knuckles arrancó el fragmento, guardándolo entre sus ropajes. Aún no había terminado.

Trepó hasta la cima de la máquina y enredó sus cadenas alrededor de la cabina de mando. Jaló con todas sus fuerzas hasta que pudo arrancar no solo la cabina, sino todo el cableado que se extendía hasta el interior del robot como una columna vertebral, para luego de un salto alejarse de lo que quedaba del robot y, con movimiento giratorio, estampar la cabina contra el suelo, desquebrajándola como a un huevo.

Los restos del Mecha cayeron sobre el gran taque de agua. El vital liquido salió despedido por los aires para terminar derramándose por todo el asentamiento, inundándolo. Algunos trabajadores fueron para recoger lo que podian, otros danzaban con las lenguas afuera mientras eran bañados.

Fang salió de la cabina a duras penas arrastrandose. Estaba todo golpeado y rasguñado, llenandose del lodo producto del agua juntnadose con la tierra en el suelo. Se fue arrastrando en dirección al edificio principal, pero luego sintió como algo le jalaba la cola. Al voltear, se encontró con la silueta de Knuckles, ominoso mientras el sol a su espalda ocultaba su rostro en tinieblas.

"¡¿Ves lo que acabas de hacer?! ¡Ahora todos moriremos de sed! ¡¿Era eso lo que querías, cabezadu-?!", Fang fue interrumpido por pie de Knuckles pisando su boca.

"Cambie de opinion. Las ratas como tu no merecen una muerte rápida...", el equidna notó la presencia de quienes le rodeaban, miró a los esclavos que le observaban en silencio. Se notaba lo hambrientos, sedientos, cansados y molestos que estaban. "Pero... No soy yo quien debe decidir qué pasará contigo".

Knuckles pateo a Fang en dirección a un grupo de los obreros cercanos que se llevaron a la comadreja lejos, los demás empezaron a vitorear en celebración.

"Eso si es más como tu", oyó knuckles decir a Sticks a sus espaldas.

El equidna volteó y se encontró con su compañera de nuevo despierta, ayudada a mantenerse en pie por Genara y Ana. Se le veía aun cansada, pero sonriente, al igual que la liebre y ligeramente la también la búfalo.

"Blandengue", bromeo la tejón.

"Quizá un poco, sí", concedió el equidna con una sonrisa.


Del agua que inundó el asentamiento, la que no pudo ser recolectada, se diluyó dentro de la tierra. Knuckles se había disculpado con los obreros libres por el desastre, la búfalo le tranquilizó al decirle que no se preocupara.

"El agua ha vuelto a su origen en el manantial bajo nuestros pies. La naturaleza seguro hará lo propio si se le deja en paz. Hiciste bien, enano".

A Fang lo dejaron encerrado en la bóveda de seguridad, vaciada, junto a los demás soldados. A Bark y Bean se les permitió retirase como agradecimiento por la intervención del oso, pudieron irse en el camión que ocupaban para ir a buscar los tributos. El resto de vehículos del asentamiento, varios camiones de carga y de trabajo, fueron tomados por los obreros para llevar los tesoros robados y coordinar el regreso a casa de todos ellos. Trazaron rutas de distribución para varios puntos cardinales. Los Wisp que se hallaban recluidos fueron liberados y se les dio la opción de acompañar a los viajeros o irse por su cuenta, aceptando la gran mayoría el acompañar a las personas. Genara y Ana organizaron un camión especifico para llevar a las trabajadoras, protegidas por Knuckles y Sticks. Ya cuando el sol se iba ocultando por el oeste fue que el último camión abandono el lugar.

El sol de la mañana siguiente tomó a Knuckles en plena vigilia, sentado sobre el techo del camión que iba a toda velocidad, dejando tras de si una estela de arena. Por uno de los laterales subía Ana, vestida de ropajes más apropiados para soportar la inclemencia del sol del desierto, una túnica con capucha ancha. Con cuidado y a gatas se fue acercando hasta Knuckles hasta sentarse a su diestra.

"Aun no es hora del cambio de guardia, y tu no eres Sticks", le saludó el equidna.

"Buenos días para usted también, señor Knuckles", respondió de forma jocosa la liebre.

"Vuelve a Dormir, Ana. Mereces descasar bien después de tanto".

"Lo sé, pero esta es mi hora de despertar habitual... la costumbre, ya sabe...".

"Hm, Claro".

"También, acabo de recordar que... aun no le he dado las gracias por todo".

"No hay necesidad".

"¡No, sí que la hay!", Ana procedió a rodear al equidna con sus brazos y a abrazarle con todas sus fuerza. "¡Muchas. muchas, MUCHAS GRACIAS, señor Knuckles!".

De pronto un golpe de nostalgia sacudió al equidna, quien no pudo evitar reír.

"Oh, primera vez que lo escucho reír sin que sea aterrador".

"Ya, es que... me acabas de recordar a alguien".

"¿A su hermana, quizá?".

"¿No te dije que soy el último equidna que queda?".

"¿Y qué?"

"¿«Y qué»?".

"¿Acaso no tiene gente que considere familia? ¿Como yo y Roberto?".

"Yo...", la pregunta tomó a Knuckles con la guardia baja. Hacia tiempo que intentaba no pensar en sus amigos para que la melancolía no le consumiera y le impidiese continuar su travesía. Ahora la liebre lo había acorralado y no tenia otra opción más que hacerlo. Pero tras ponerse a reflexionar un poco, se encontró con que no era tristeza lo que le embargaba, sino una reconfortante sensación de calidez en el pecho. Sonrió. "Sí, por su puesto que sí".



Aquella tarde en el bar fue tranquila. Roberto el Coyote se encontraba tras la barra limpiando el polvo de los vasos, con su brazo vendado sostenía el cristal mientras frotaba con la mano sana.

Aun le dolía el cuerpo por como el oso polar le había estampado contra la barra, rompiéndola. El local había quedado hecho un desastre tras su visita, pero el coyote tuvo la ayuda inesperada de una pareja de viajeros que habían llegado en busca de alguien. A cambio de servicio e información sobre la persona que buscaban, prometieron ayudarle. Y vaya que sí lo hicieron, en un santiamén habían dejado el lugar como nuevo, a su vez que le ayudaron a tratar las heridas de la noche anterior. Rob cumplió con su parte y les dijo que la persona que buscaban quizá vendría al Bar.... si todo salía bien. Lo dijo con una pesadumbre que no podía ocultar, se encontraba demasiado decaído como para darse el lujo de ser optimista.

Rob oyó la puerta del Bar abrirse. No levantó la vista del vaso.

"Lo siento, no hay servicio por los momento".

"¿Ni siquiera para mi...?", respondió la visitante. Al oír su voz Roberto abrió sus ojos de par en par y rápidamente levantó la mirada. Cuando reconoció a la visitante el vaso que sostenía se deslizó de entre sus manos y cayó hecho pedazos en el suelo.

"Ana...", musitó el coyote.

La Liebre estaba visiblemente nerviosa, con las manos tras la espalda y meciéndose sobre las puntas y los talones de sus pies. Una ligera sonrisa luchaba por formarse en su rostro mientras la joven intentaba mantener la calma.

"Hola..."

Antes de que la liebre pudiera seguir hablando, el coyote ya había saltado la barra y corrido para abrazarla. Ana correspondió al abrazo con la misma efusividad, una pocas lagrimas escapaban de sus ojos y se deslizaban por sus mejillas hasta caer en su sonrisa.

Tras unos minutos, Roberto rompió el abrazo y se tomó un tiempo para contemplar a su hermana.

"Ya... ¿Ya estamos en invierno?", alcanzó a decir el coyote

"Si..."

"Con este calor..."

"Si, apenas se nota", decía la liebre entre risas.

"Eso quiere decir... que se acerca navidad"

"Ehm... ¿Supongo...?"

"¡Rayos, y aún no te he conseguido un regalo!"

"¿Ah?"

"Quizá un nuevo vestido estaría bien, uno que combine con...", Roberto se puso a detallar los brazos de Ana. "¿Estos moratones de que...?".

Ana desvió la mirada de su hermano hacía la suya, y con una sonrisa le dijo:

"Ya no importa", posó su mano sobre el brazo vendado del Coyote."Lo peor ya ha pasado".

"En efecto, ya pasó", una voz grave se oyó tras los hermanos. Por la puerta del Bar entraron el Guerrero Equidna y su compañera Tejón.

"Y nos aseguramos de que no vuelva a pasar, así que pueden estar en calma", agregó la Tejón mientras guiñaba un ojo.

"Yo... De verdad no sé qué decir", tartamudeaba el coyote. "¡En serio, les estoy eternamente agradecido! Si necesitan algo, lo que sea, nosotros-"

"Ni te molestes, niño", interrumpió el equidna. "Ya cumplimos y no podemos quedarnos tanto tiempo en un solo lugar, debemos movernos ahora", concluyó mientras hacia el amago de retirarse.

"Pero...", de pronto Roberto recordó algo. "¡Esperen! ¡Los están buscando!"

"Pues diles que ya nos fuimos..."

"¡No, es que...!", Roberto miró a todos lados, como buscando algo, desesperado por intentar mantener a Knux y Sticks en el Bar. "... ¡S-señorita Rose!", gritó en dirección a la cocina.

Kunckles y Sticks se pararon en seco.

"¡Voy!", una voz conocida se oyó en la distancia.

Knuckles volteo lentamente, atónito e incrédulo. Podía oír su propio corazón latir a su vez que se oían los pasos de alguien aproximándose. La puerta de la cocina se abrió, una mujer emergió de ella.

"Tu flor ya esta lista ¡Me encargué de darle el mayor mimo posible! Le cambié la maceta, puse más tierra fresca y la regué, con mi propia agua, por su puesto, no tienes que preocuparte quedarte sin mercancía jiji. Dime ¿Para que me llamas...?", cuando la eriza rosa levantó la mirada y esta se encontró con la del equidna, quedó paralizada.

El viento silbaba mientras fluía entre los tablones del Bar, solo perceptible gracias al silencio que se posó sobre el sitio. La boca del equidna estaba temblorosa, incapaz de mediar palabra, un cúmulo de emociones le embargaban mientras intentaba procesar lo que sucedía y discernir si era una realidad o quizá solo un ilusión.

Antes de que Knuckles pudiera reaccionar, Sticks salió corriendo como el viento, saltó por encima de la barra se abalanzó sobre la eriza. Sostuvo su cabeza con firmeza mientras la inspeccionaba detenidamente. Amy se encontraba demasiado pasmada como para entender lo que sucedía.

"Los ojos... Las púas...", murmuraba la tejón mientras realizaba su examen, toqueteando y olisqueando todo. "Incluso el olor es... eres tu...", su rostro paso de la duda al asombro y luego a la más sobrecogedora felicidad. "¡Eres tú! ¡Eres tú! ¡En verdad eres tu!", exclamó mientras rodeaba a la eriza con sus brazos.

"¡Si, si soy! ¡Y tu también eres tú!", respondía Amy con la voz al borde del quebranto.

"¡Knux, en verdad es ella! ¡Tenias razón, sigue viva!"

Knuckles se aproximó a las chicas sin decir una palabra. Sticks se apartó a un lado para que ambos pudieran hablar. El equidna estaba dudoso, sus manos temblorosas, no sabia si de verdad era real la persona que tenia al frente. ¿Acaso se desvanecería en le aire si la tocaba? Tragó saliva e intentó juntar todo el valor de afrontar lo que pasaba, fuese real o no.

"Cumplí mi promesa...", dijo knuckles casi en un susurro.

Entonces sintió el tacto delicado de la mano de la eriza sosteniendo la suya. Era real. El equidna intento suprimir las lagrimas que amenazaban con salir.

"Y yo la mía", respondió Amy con lagrimas recorriendo sus mejillas y una sonrisa de oreja a oreja.

Knuckles rodeó a la eriza con sus brazos y la levantó del suelo mientras la abrazaba con fuerza y ambos empezaron a reír.

"¡Por Gaia, cómo pesas! ¡Espero que sea musculo y no otra cosa!".

"¡Oh, cierra la boca tu...!", Amy olfateo algo en Knuckles que le repugnó. "¡Ugh! ¿Por qué hueles a taller automotriz y perro mojado?"

"Oh, es una larga historia".

"¡Entonces suéltame o me pegaras el pestazo!"

"¡Oh no, claro que no! ¡Nunca!", Knuckles abrazó con aun más fuerza a la eriza mientras esta de forma juguetona intentaba salirse de su agarre. De pronto Knuckles se percató de algo."Un momento... Si tu estas aquí, entonces...", knuckles volvía a poner a Amy en el suelo, su rostro pasó de la dicha a la confusión, "¿Donde está él...?".

Amy también parecía confundida. Levantó la mirada inspeccionando el fondo del Bar, como buscando algo... o a alguien.

"¿Qué haces allí haciéndote el misterioso? ¿Acaso te crees Shadow o qué?", reprochó la eriza.

"Oh vamos, solo estaba dándoles su espacio y disfrutando de la adorable escena", respondió otra voz conocida entre la sombras.

El oír aquella voz impactó al equidna. Se alejó de las chicas y rápidamente se aproximó a las mesas del fondo del bar. Cuando su vista pudo adaptarse mejor a la falta de luz, pudo notar la silueta familiar.

Reclinado sobre una silla, con los pies sobre la mesa y las manos tras la cabeza, con su típica media sonrisa sardónica. Más mayor, más cansado, pero igual de petulante y despreocupado. El erizo azul se levantó de su asiento y se limpió el polvo de encima.

"Tanto tiempo sin vernos, Knux", dijo de la misma forma que siempre lo había dicho. "Es bueno ver que aun estas en forma, me temía que los años te hubieran ablan-".

Antes de que Sonic pudiera terminar su frase se encontró siendo abrazado por el equidna. Lo sostenía como si temiese que fuese a desaparecer si le soltaba siquiera un poco. La situación tomó por sorpresa al erizo, era la primera vez que veía a Knuckles actuar así, por un momento no supo como reaccionar y quedó congelado.

"No sabes...", Knuckles luchaba para que su voz no se quebrase. "No tienes ni la más remota idea de lo mucho que me alegra ver que estas bien, hermano..."

Sonic permaneció en silencio, aún intentando comprender lo que sucedía. Hasta que al final correspondió al abrazo de su amigo y le abrazó de vuelta con aun más fuerza.

"A mi también me alegra mucho verte, hermanote...".

Sticks apareció de sorpresa al lado de los dos chicos y los separó para inspeccionar y olisquear al erizo con meticulosidad.

"Eh...", ese día era un día muy raro para el erizo. "T-también estoy feliz verte, Sticks. Se nota que no has cambiado nada".

"¡Y tu tampoco, Azul! ¡En verdad eres tu tambien!", exclamó la tejón antes de abrazar al erizo.

Tras ellos Amy se acercó y se unió al abrazo grupal con un salto, lo que hizo que todos cayeran al suelo, soltando una gran carcajada.

"Señor Knuckles", decía Ana tras ellos, fascinada por la escena. "¿Acaso ellos son...?".

"¡Claro que si!", respondía el equidna mientras abrazaba a los dos erizos. "¡Ellos son mi familia!"

"¡Oh, esto hay que conmemorarlo!", decía Sticks mientras sacaba su cámara fotográfica. "¡Todos, ustedes también niños! En compensación por...", la tejón sacaba con pena la foto que Roberto le había entregado, arrugada, rota y dañada por el agua.

Todo el mundo tomó posición delante de la barra, los dos hermanos huérfanos y los 4 amigos por fin reunidos. El joven coyote sostenía junto a su hermana la Rosa del Desierto, más radiante y llena de vida que antes, y detrás de ellos se encontraban Knuckles, Amy y Sonic, mientras Sticks preparaba la cámara antes de unírseles.

"Muy bien, ahora ¡Digan Queso!", exclamó la tejón antes de activar el obturador e inmortalizar el momento.




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